Me encanta “El Poema del Hombre-Dios” de María Valtorta. Consta, en la edición inglesa, de cinco volúmenes con las visiones de la vida, muerte y resurrección de Nuestro Señor, y la mayoría de los tres años de su ministerio público; visiones que tuvo en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial una mujer italiana lisiada, soltera, postrada en su lecho de enferma a raíz de una lesión sufrida muchos años antes, en su juventud. Como visionaria, tuvo siempre miedo de ser engañada por el Diablo. Los frutos del “Poema” en la elevación y conversión de las almas, indican más bien que sus visiones son un verdadero regalo del cielo.
El “Poema” no resulta atractivo para todo el mundo; tiene críticos severos, y algunos lo encuentran sentimental. Lo encuentro, sí, lleno de sentimiento, pero es un sentimiento objetivo y no autocomplaciente. Algunos lo encuentran contrario a la sana doctrina; me parece discutible quizás en algunos detalles, pero en general la doctrina es sorprendentemente rica y precisa (las notas a pie de página en la edición italiana son de gran ayuda). Algunos encuentran el “Poema” demasiado terrenal; yo lo veo como una maravillosa presentación de Nuestro Señor como verdadero Dios y verdadero hombre ¿Podrían estos últimos críticos haber esperado que la Encarnación fuese menos encarnada? Cristo tomó carne.
Aquí está una muestra de los miles de apuntes concretos del “Poema” sobre cómo funciona la naturaleza humana, no reconocidos hasta el día de hoy. Para superar los malos impulsos que Judas Iscariote reconoce en sí mismo, le pregunta a la Madre de Dios si puede quedarse con ella durante un tiempo en Nazaret. Como “Refugio de pecadores”, Ella le pregunta a Nuestro Señor si puede prestarle este servicio a Judas. Nuestro Señor le responde que no se opone; sólo sabe que será inútil:
“Judas es como alguien que se ahoga, y a pesar de sentir que se está ahogando, rechaza por orgullo la cuerda que le arrojo para regresarlo a tierra; carece de voluntad para volver a la orilla. A veces el terror del ahogamiento lo insta a buscarme y pedirme que le acerque un cabo que lo ayude, que le sirva de asidero; mas entonces retorna el orgullo, rechaza mi ayuda y se aparta lejos, como queriendo salvarse por sí mismo; pero al mismo tiempo, se siente cada vez más pesado por el agua fangosa que está tragando. De todos modos, que nadie pueda decir que Yo he dejado de intentar todos los remedios posibles: Atiéndelo, pobre Madre” (“Pobre”, porque a Ella no le agrada este intento de rescate frustrado).
Cada alma en el infierno —¡caramba; quisiera que estuviera vacío!— ha optado por estar allí, única alternativa del sometimiento a Dios. Cualquier sumisión disminuye en mí el sentido de mi propia excelencia; el orgullo es el pecado de los pecados. De nuestro oculto orgullo, ¡oh, Señor, líbranos!
Kyrie eleison.